Era infeliz. Pasaba los días tratando de ser la mejor en lo que sea parte y trataba de no fijarse en eso especial que le faltaba, sabía que nunca lo iba a tener; así que, ¿por qué sufrir y pensar en cómo conseguirlo si ya había probado que era imposible?
Tenía las rodillas adoloridas y frío en todo el cuerpo. Sin embargo, por alguna razón, no intentaba salir del pozo, prefería quedarse ahí, sola.
No le agradaba. No le gusta cuando las personas están atrás, cuando le hacen sentir necesidad por quitárselas de encima. No le contestaba el teléfono y trataba de no acercársele mucho, sospechaba que quería algo más. La llamaba durante todo el día y le cansaba, o al menos eso pensaba.
Veía a su alrededor y trataba de encontrar la forma de acabar con esa desesperante situación. Darse contra la pared o quedarse ahí, esperando a morir de hambre… o de tristeza.
Llegó el día en que ya no estaba. El teléfono había dejado de sonar y, por alguna extraña razón, empezó a sentir un vacío. Estaba tan acostumbrada a que forme parte de su vida, aunque finja no quererlo. Cuando desapareció sintió su ausencia, empezó a extrañar y sentirse sola.
Morir de tristeza, ¿es eso posible? Si lo fuera le sucedería, o al menos estaría moribunda. No tenía idea, pero quería que, sea como sea, suceda rápido, sin dolor, ya había tenido suficiente. Miraba hacia arriba por pura curiosidad, mas no por buscar luz, pues no le importaba, había decidido quedarse ahí, en el fondo del pozo, a su suerte.
Había decidido ser feliz, sin importar cuán difícil sea, quería serlo. Formaba parte de su vida como nadie lo había hecho. Había descubierto otro lado de sí misma que había estado escondido, pero que se dio cuenta de que era hermoso y que sólo había estado esperando que lo muestre a los demás. Su risa, sus alegrías y triunfos eran los suyos, no necesitaba nada más que eso. No pensaba en otra cosa todo el día y todo lo que hacía era por darle más momentos felices, pues también lo eran para ella.
Estaba sentada abrazando sus piernas, pensando en cuánto duraría ese martirio, cuántos días se quedaría ahí, triste y sola, llorando por algo que no fue y le hizo pensar que hizo todo mal, que a veces querer demasiado no es lo mejor, sino todo lo contrario.
Pensaba que todo estaba bien, que la felicidad era mutua pero resultó que la otra ajena a ella era fingida. No era feliz, no lo era, y no le había dicho nada, esperó a que duela, a que le hiera como nada nunca lo había hecho en su vida. Le dijo que no era ella, que quería más pero no podía dárselo. Y era verdad. Corrió sin mirar atrás, no escuchaba nada, no podía ver nada, simplemente corría, esperando poder escapar.
Recordaba los momentos que compartieron, aquellos inolvidables días que para ella fueron los mejores de su vida, pero que ahora le causaban el dolor más grande. Seguía en el pozo, recordando, llorando, sentada en el fondo.
Estaba sola en su habitación, había despertado llorando con desesperación y tratando de saber qué había hecho mal. Sólo había amado, qué podía haber de malo en eso. La noche anterior tomó y se embriagó. Todo estaba borroso y no recuerda lo que sucedió después, durante la noche. Es de mañana y la cabeza le explota, su cuerpo desprende un olor insoportable y su habitación también. Es como si estuviera expulsando algo muy malo, algo que le hacía daño, pero que también era su más grande alegría, su más grande amor, pero que ahora no era nada. Se sentía engañada, despreciada, sola y utilizada. Sin embargo, porque dentro de ella aún había una esperanza, miró el celular. Estaba ahí, sin repicar, nunca más lo haría, su nombre no volvería a aparecer en la pantalla. Se quedó mirándolo por un momento, con ansiedad en su mirada. Nada, no volvería a llamar, ya no era parte de su vida, otra vez. De pronto, ese vacío volvió a invadir su mente, volvió a sentirse sola.
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