Nos levantamos muy temprano por la mañana y jugamos juntas. Sacamos los legos y empezamos a armar el mundo donde nos gustaría vivir. Ella construye una casa grande y lujosa, yo la hago más sencilla pero envidio la suya. Jugamos horas de horas, y cuando nos sentimos cansadas vamos al sofá y nos sentamos a ver dibujos animados. Comemos adoquines de chocolate hechos por mamá y seguimos hasta empacharnos. Más tarde, me recuesto en sus faldas y dejo mis ojos cerrarse. Hemos jugado toda la tarde y ahora sólo quiero descansar.
La estoy viendo y varios recuerdos invaden mi mente. Trae sus lentes puestos, casi cayéndose. Se ha quedado dormida con ellos, como siempre.
Soy la menor y, sin embargo, siento que tengo que cuidarla. Tiene los ojos marcados de tantas veces que se ha quedado dormida con los lentes puestos, esos que le dan ese look que ha tenido toda su vida, de intelectual e inocente. Usa los de contacto con los demás, pero en casa, cuando está conmigo, no le importa usar esos, más sencillos de poner y que me hacen recordar cuando era tan sólo una adolescente que acababa de salir de la óptica muy insegura de su nuevo look.
Tose, pienso que va a despertar, pero no. Sólo quería acomodarse sobre la almohada. Ahora los lentes están a punto de caerse y decido sacárselos, como acostumbro cada vez que la veo así. Su habitación tiene un olor particular, uno que normalmente siento en el cuarto de mi hermano. Esta vez está en el de ella. Ha tomado, pienso.
Era de noche, hace años, cuando vivíamos en Salamanca. ¿Dónde está tu hermana?, preguntaban en casa. Luego de horas sin saber de ella, la encontraron ahí, en esa esquina. Sus amigos reían a carcajadas y ella los seguía. Cuando nos vio, escondió rápidamente la botella de licor tras sus piernas. Era tarde, ya la habíamos visto. Mis padres se enojaron pero eso fue hace muchos años, ya quedó olvidado. Fue la noche en que descubrimos que ella tomaba.
Vuelvo a escucharla toser, esta vez se está aclarando la garganta y sus ojos empiezan a abrirse. Le pregunto qué hago con toda la ropa que ha dejado en el baño, que me quiero duchar y no puedo con todo eso ahí. Por alguna razón, lo digo con cierto desdén. Ella responde a la defensiva y comenzamos a discutir, otra vez. Esta es la cuarta en la semana. Peleamos y me encierro en el baño. Me miro en el espejo y me veo vieja. Tengo ojeras y la piel maltratada. Mi mirada luce cansada y, por alguna razón, mis labios dibujan en mi rostro una expresión... triste. Decido no hacer caso y giro la llave de la ducha, veo salir el humo del agua caliente y me sumerjo en ella. Que el agua corra por mi cuerpo, pienso, Así me sentiré mejor.
La extraño, ¿saben? Ya no siento que somos las mismas. Ella hace lo suyo y yo lo mío. Ella está de día y no de noche. Yo estoy noche, mas no de día. A veces creo que si preparo adoquines y me empacho con ellos volveré a sentirme igual.
domingo, 28 de diciembre de 2008
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