Luego de haber experimentado despertarme a las ocho de la mañana un domingo de febrero, sólo para ver un programa de fitness donde aparecería una amiga mía que al final nunca apareció, estoy sentada frente a la laptop esperando esa ansiada llamada que podrá sacarme de mi casa el día de hoy.
1. Detesto los domingos. No es algo que no me guste de recién, sino algo que nunca me ha gustado. Familiares, se hacen llamar, pero creo que eso es verdad si la pasas en familia, con los seres que amas y desempolvas los juegos de mesa que usabas de niño para pasar el rato con tus primos u otros familiares. En mi casa no es así. Hace años, cuando vivía en el depa de Lince, un piso arriba de mis abuelitos maternos, todos los días de la semana eran familiares. Los primos llegaban de improviso y jugábamos en el pasillo del edificio a las escondidas, ping-pong con los vecinos, fútbol y otros juegos que utilizaban más la imaginación que otra cosa. Ahora que vivo en casa del papá de mi papá, dícese mi abuelo, todo es diferente. Es una suerte de "primos a la cocina o al jardín, tíos y grandes a la sala principal". Prefiero ir al teatro o escaparme con mis amigos a caminar por las calles miraflorinas buscando qué hacer para pasar el rato. Los días familiares terminaron para mí desde que nos mudamos. Es una pena, lo sé, pero cada vez que puedo visito a mi abuela, la materna, porque la quiero mucho y me gusta darme un tiempo para verla o ir a comer con ella y el resto de la familia.
La familia de mi padre y la de mi madre son abismalmente diferentes. No hay una mala y una buena, pero sí que son distintas. Yo la paso mejor con la de mi mamá, y hasta mi mismo padre también. Debe tener que ver con el hecho de que cuando era pequeña venía muy poco a ver a mis primos o tíos por parte de papá y, a diferencia, a la familia de mi mamá la veía prácticamente toda la semana. No sé, ahora que estoy grande he conocido a los miembros de ambos grupos familiares y me he dado cuenta de que me identifico y siento bien sólo con uno. No me critiquen si no bajo a las reuniones los domingos o simplemente desaparezco, no me siento en casa... eso es todo.
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2. Los domingos solían ser los únicos días en los que verdaderamente descansaba. Eso es historia desde que trabajo en producción, sobre todo con todo esto del internet. Es imposible no trabajar mientras tenga la laptop en mi escritorio con conexión a internet, sencillamente imposible.
Despierto tarde, sí, pero no me pongo a ver Ayer y Hoy y a esperar a que mi mamá prepare el desayuno. Termino probando mi primer bocado del día a las cinco de la tarde y con las manos entumecidas de tanto tipear en la laptop o presionar el botón del Nextel.
Veo por la ventana y extraño ver niñitos corriendo con globos de agua dispuestos a mojar a quien se cruce en su camino. Por acá no mojan, recuerdo. A veces los suburbios pueden ser tan aburridos...
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3. Los domingos pueden ser los peores, porque no te veo; en realidad, ya casi nunca lo hago. Bu.
¿Quién inventó el domingo? Tamare.
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